13 mayo 2010

las siestas en mi futón

adoro de un modo cargado de terror las siestas en mi futón.
en realidad, a parte del descanso relajado que me dan, del modo suave en qué me voy sumergiendo en el sueño, sin trucos ni pensamientos de organización, lo que más disfruto es el despertar.
como en las ocasiones en que uno viaja y amanece en la cama de un hotel, de otra casa o del hogar pasado, después de mis siestas intempestivas vivo una experiencia renovadora.
despierto pero, aún sin abrir los ojos, trato de adivinar dónde estoy, cuando estoy, si soy o sigo muerta en mi somnolencia, inetnto recordar qué fui antes, qué viví durante y qué me espera al abrir los ojos.
casi con miedo, me resisto a hacerlo; me desperezo pero, sin atreverme a descubrir la realidad de mi futuro, permanezco entre la vida y mi sueño.
así, cada vez que caigo rendida por esas inesperadas siestas, despierto a la vida como al nacer: todo está por descubrirse, por inventarse o crearse; el futuro aparece cegador pero tan mío, tan puro y límpido que aterra mis ojos, que, saboreando el desconcierto, no quieren que empiece la función.

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